Viernes, 10 Marzo 2017 20:17

Juan Carlos Bamba Vicente

Reseña biográfica: 

Arquitecto por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla y Máster en Proyectos Arquitectónicos Avanzados por la Universidad Politécnica de Madrid en la que actualmente es candidato al Doctorado Internacional en Proyectos Arquitectónicos Avanzados y miembro del grupo de investigación NuTAC. Docente e investigador de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, donde es el subdirector de la Maestría en Crítica y Proyecto Arquitectónico Avanzado y miembro del Consejo Editorial de la Revista DOMUS

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Introducción

La gran aportación de la arquitectura latinoamericana (antes de que Europa iniciara la reconstrucción de las ciudades derruidas) fue entender no solo la necesidad de proponer un nuevo tipo de vivienda sino de teorizar sobre cómo la misma debía maclarse en el bloque para resolver, en un tercer paso, el modo en que distintos bloques podían configurar lo que Sert había denominado unidad vecinal.

Carlos Sambricio, Ciudad y vivienda en América Latina

En Guayaquil, como en otras ciudades latinoamericanas —y posiblemente europeas—, se ha producido una creciente dicotomía o polarización entre la vivienda privada de las clases altas y la vivienda social de las clases medias-bajas, simbolizada por la proliferación de “comunidades cerradas” o ciudadelas que fragmentan y segregan el espacio urbano. El crecimiento de las ciudadelas desconectadas de la ciudad es paralelo al deterioro de los espacios urbanos dominados por la vivienda colectiva pública. Estos conjuntos habitacionales construidos en el periodo de la arquitectura moderna plantearon el debate sobre la forma urbana con la introducción de un catálogo de espacios generadores de colectividad que sintetizan los valores que encontramos en la ciudad como la importancia de la comunidad —el sentido de lo común— y el carácter aglutinador y social —el sentido de la civilización—.

Esta investigación presenta la valoración de los proyectos de vivienda colectiva de producción estatal proyectados y construidos en Guayaquil en un periodo concreto de la arquitectura moderna (1940-1970),1 que modificaron la morfología urbana de la ciudad a escala territorial e introdujeron tipologías edificatorias modernas provenientes de Europa, por primera vez en la ciudad. Estos conjuntos habitacionales pretendían dar alojamiento a las grandes masas de inmigrantes con la visión utópica de modernización que promulgaba el arquitecto moderno y la voluntad política de los gobiernos.

Esta misma mirada nos conduce en nuestra investigación, al plantear el análisis de los espacios colectivos de la arquitectura de vivienda social pública, aproximándonos desde diferentes escalas que atraviesan el gradiente entre el espacio público y el privado. Entendemos estos conjuntos habitacionales como “formas híbridas”2 en las que conviven la visión racionalista del Movimiento Moderno y la lógica de la ciudad informal. Las escalas impuestas por el arquitecto en el proyecto original son transformadas, con el paso del tiempo, por agentes externos relacionados con los procesos urbanos de la ciudad y por los usuarios y sus modos de habitar.

Estos procesos se producen con la aparición de diferentes acciones que modifican los límites físicos y sociales —incluso legales— de los espacios colectivos y nos hablan de contradicciones entre la vivienda estandarizada del funcionalismo moderno y las formas de habitar intuitivas de las grandes poblaciones provenientes del campo, quienes, en la búsqueda de algo tan necesario e intuitivo como es el identificarse con el entorno que le rodea, se apropian del espacio a través de sus prácticas cotidianas, desarrollando un sentido de “pertenencia” al lugar.3

La puesta en valor de los espacios de relación entre la ciudad y la vivienda pretende regenerar estos conjuntos, para mejorar la vida en comunidad, como herramienta para reducir la ascendente inseguridad y “violencia material y simbólica”4 actual. El entendimiento de estos territorios híbridos pretende intervenir mediante acciones —a corto, medio y largo plazo— que transformen los límites del espacio en busca de las escalas de colectividad deseables. Finalmente, se proponen conclusiones sobre el resultado del análisis realizado y recomendaciones para solucionar los problemas detectados en los casos de estudio, como aproximación a una posible regulación arquitectónica de los proyectos de vivienda colectiva pública en Guayaquil.

Metodología

            Casos de estudio: descripción de los proyectos y usuarios originales

El universo de estudio comprende las viviendas colectivas de producción estatal proyectadas y construidas en Guayaquil entre 1940 y 1970. Los casos identificados son los siguientes:

•          Casas Colectivas de la Caja del Seguro, Héctor Martínez, 1945-1950

En 1950 se construye el primer proyecto de vivienda colectiva del país: las Casas Colectivas (fig. 1). El diseño y construcción de los “bloques municipales” estuvo a cargo del ingeniero Héctor Martínez, quien, además, es el primer arquitecto de la historia del Ecuador. También fue el primer proyecto que agrupaba dos manzanas para generar un espacio libre mayor entre bloques: un gran espacio de recreación a escala de barrio y una calle peatonal que articulaba los bloques donde se ubican los accesos a los patios interiores. Las viviendas estaban dirigidas a un estrato económico medio-bajo que accedía al alquiler de ellas mediante la Caja de Pensiones.5 El valor, pues, de este conjunto “premoderno” residía en ser pionero en el concepto de habitar en altura y establecer en términos legales la “propiedad horizontal”.

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Figura 1. Casas Colectivas de la Caja del Seguro (1945-1950). Fuente: VV. AA., “Arquitectura en Guayaquil”.

 

•          Centro de Vivienda de la Caja del Seguro, Alamiro González, 1958, y Bloques Multifamiliares de la Caja del Seguro, Pablo Graf, 1964-1967

En la década de los cincuenta, el Estado, a través de la Caja del Seguro, impulsó la construcción de dos conjuntos habitacionales clave en la historia de la arquitectura moderna de Guayaquil: el Centro de Vivienda, de 1958 (fig. 2), y los Bloques Multifamiliares, de 1964-1967 (fig. 3). En estos casos se identifica la figura del arquitecto moderno que piensa y proyecta la arquitectura de la ciudad mediante prototipos de vivienda colectiva que representan modelos universales. Las viviendas estaban dirigidas a un estrato económico medio-alto y el acceso a ellas era restringido para profesionales contactados con altos cargos políticos. En la década de los setenta aparece una nueva fuente de ingresos (el petróleo) que genera expectativas de un real mejoramiento de la economía nacional: el boom petrolero.

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Figura 2. Centro de vivienda de la Caja del Seguro (1958). Fuente: VV. AA., “Arquitectura en Guayaquil”

Figura 3. Bloques Multifamiliares de la Caja del Seguro (1964-1967). Fuente: VV. AA., “Arquitectura en Guayaquil”

 

•          Bloques Multifamiliares de La Atarazana del Banco Ecuatoriano de la Vivienda, José Furoiani y Virgilio Poveda, 1965-1973

La década de los setenta trajo consigo un cambio en el modelo económico, debido al boom petrolero. Se produjo un auge en el sector de la construcción, sobre todo de viviendas, debido al déficit habitacional existente, que asumió el Estado a través de la Junta Nacional de la Vivienda (JNV). El primer programa habitacional de la JNV, La Atarazana (1965-1973), ya establece un cambio en el planteamiento: se trata de un gran conjunto de grandes manzanas en el que se mezclan viviendas unifamiliares de baja altura con multifamiliares que están a medio camino entre el bloque lineal y el bloque en H. Los niveles económicos y sociales de los usuarios a los que iban dirigidas las viviendas tenían un ingreso familiar del orden de los tres mil sucres, que correspondía a un estrato medio-bajo de trabajadores.

Se trata de un proyecto de transición en la arquitectura de vivienda colectiva. En este periodo no solo se incrementa la producción de viviendas en comparación con el anterior, sino que también se aumenta el tamaño de los conjuntos: se produce el paso del proyecto de vivienda al plan habitacional.7 La JNV repite los mismos modelos en toda la región sin incorporar en la “ecuación” el acelerado ritmo de urbanización que se estaba produciendo en los asentamientos informales: optar entre lo que John Turner llamaba “la chabola servicial” o “la casa opresiva”.8

Los cuatro casos de estudio presentan una marcada evolución de la concepción de los espacios colectivos que tiene que ver con las formas de agrupación de las viviendas y que influye directamente en las formas de habitar de los usuarios. De los patios internos con corredores en las Casas Colectivas, pasamos a los espacios libres entre bloques y galerías en el Centro de Vivienda y los Bloques Multifamiliares, y por último a un híbrido entre el bloque abierto y en H con patios interiores semiabiertos en La Atarazana (fig. 4).

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Figura 4. 1) Casas Colectivas (1945-1950); 2) Centro de Vivienda (1958); 3) Bloques Multifamiliares (19641967); 4) La Atarazana (1965-1973). Fuente: Daniel Alcívar, 2016

            Escalas del espacio colectivo: límites impuestos, alterados, elegidos

La definición legal de espacio colectivo a los que se refiere esta investigación es el conjunto de bienes —en este caso espacios— de dominio común o copropiedad que están bajo el régimen de “propiedad horizontal”, y que distingue el espacio privado (dominio privado) del espacio público (dominio público). Se trata de un espacio producido desde la concepción del proyecto de vivienda y se distingue del espacio público y privado con los cuales limita siempre de forma compleja y contradictoria.

El espacio colectivo se caracteriza en esta investigación —dependiendo de su posición relativa, tamaño y función— por escalas que nos ayudan a identificarlo y analizarlo. Estas atraviesan la secuencia que va desde el espacio urbano hasta el espacio doméstico.9 En el proyecto de vivienda original, el arquitecto diseña e impone estas escalas de los espacios colectivos, según su visión funcionalista que establece usuarios universales (pasado). En el estado actual del proyecto, los agentes externos han alterado la infraestructura y los usuarios han suplido las carencias del proyecto inicial eligiendo la forma y uso de los espacios colectivos (presente).

La transformación de la escala del espacio colectivo se produce en los límites; no solo los límites del espacio colectivo con el espacio público y privado, sino también entre espacios colectivos. Estas transformaciones se producen debido a una serie de acciones a lo largo del tiempo que modifican los límites de los espacios colectivos. Podemos clasificar estas acciones transformadoras según sus características en las siguientes: apropiaciones, delimitaciones y negociaciones (fig. 5).

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Figura 5. Acciones transformadoras: apropiaciones, delimitaciones, negociaciones. Fuente: Daniel Alcívar, 2016

Resultados

De esta forma, definimos una metodología de análisis de las transformaciones que se han producido en los proyectos mediante la clasificación de una serie de acciones (apropiaciones, delimitaciones y negociaciones) que modifican los límites de los espacios colectivos y, así, las escalas impuestas por el diseño original (arquitecto). Si las acciones provienen de los usuarios, las denominamos escalas elegidas, y si provienen de agentes externos, escalas alteradas.

¿Qué sucede cuando el tiempo pasa, la ciudad y la sociedad cambian y los proyectos de vivienda son sometidos a una serie de experiencias desconocidas para el arquitecto que concibió el proyecto?

            Apropiaciones

Los espacios libres entre bloques de los proyectos estudiados articulan las edificaciones con el sistema de calles, plazas y zonas verdes de la trama urbana en el que se insertan. Las zonas próximas a las viviendas que se ubican en la planta baja en calles peatonales o espacios libres poco transitados son acotadas por los usuarios mediante elementos de cierre. En algunos casos, se utiliza parte del espacio público como espacio de almacenamiento —inexistente en el interior del espacio doméstico—, como apéndices o extensiones de la propia vivienda. Estas prácticas cotidianas aparecen como una justificación del individuo para establecer un vínculo con su entorno inmediato y poder así identificarse con el espacio que habita. La “pertenencia” es una necesidad emocional básica que llevamos a cabo mediante un gesto de reivindicación ante lo impuesto colonizando el espacio próximo. Esta intromisión, lejos de ser denunciada, suele ser imitada por el vecindario y se producen espacios urbanos poco habitables que deterioran la urbanidad del entorno (fig. 6).

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Figura 6. Extensiones de la planta baja de las viviendas que se apropian del espacio público en La Atarazana. Fuente: Autor, 2014 

Los conjuntos habitacionales estudiados presentan un cierto tamaño que necesariamente debe venir acompañado de la incorporación de equipamientos y servicios básicos, es decir, la diversidad de usos que asegura la seguridad urbana, el contacto público y el cruce de funciones y actividades.10 La apropiación es la respuesta de los usuarios a la carencia de servicios que deberían incorporar los proyectos originales, debido a su tamaño que, en algunos de los casos, abarca la misma cantidad de personas que cualquier ciudadela privada de tamaño medio que encontramos en la ciudad. Estas carencias se resuelven con la implementación en las viviendas de planta baja de comercios pequeños (normalmente informales) que intentan abastecer al barrio de la misma forma en que lo haría el hipermercado o, en este caso, la “hipercasa”.11 Es la respuesta de los habitantes de la vivienda social, que normalmente está dirigida a la clase media-baja, a la carencia de un espacio de trabajo en la célula habitacional o en algún espacio del bloque de vivienda. El espacio de producción debe convivir con el espacio doméstico por cuestiones económicas obvias: no hay presupuesto para alquilar o comprar un espacio para desarrollar el trabajo (fig. 7).

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Figura 7. Comercios informales que se apropian de la planta baja de las viviendas y el espacio público en La Atarazana. Fuente: Autor, 2014

            Delimitaciones

La accesibilidad mediante transporte público o privado a los casos estudiados ha generado toda una serie de barreras arquitectónicas que reducen la accesibilidad peatonal y generan fragmentación en el espacio libre entre bloques. Estas nuevas infraestructuras —aparcamientos de vehículos, estaciones de metro, puentes vehiculares, etc.— aparecen como alteraciones en la estructura espacial del proyecto original. La secuencia de espacios libres peatonales que articulaba el proyecto desde el espacio público hasta el privado de la vivienda se ha visto alterado para siempre por barreras, no solo físicas, sino también sicológicas, que afectan negativamente las relaciones vecinales y la cohesión social (fig. 8).

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Figura 8. Barreras en los espacios libres producidas por la introducción de infraestructura de transporte. Fuente: Autor, 2014. 

A otra escala, el posicionamiento relativo de las puertas de entrada en un rellano de escalera, patio o galería genera situaciones de colectividad diferentes. Cuando en los espacios comunes las puertas se encuentran una frente a la otra, se producen problemas de intimidad entre vecinos, que se mitigan con nuevos límites que identifican claramente la propiedad de cada usuario. La excesiva distancia entre el núcleo de comunicación vertical y la vivienda más alejada también provoca, en ocasiones, la delimitación de espacio de circulación. Cuando los usuarios cierran espacios y se reducen las dimensiones de circulación, a veces, se mejora la gestión y el estado de conservación de estos espacios (fig. 9).

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Figura 9. Delimitaciones de los espacios colectivos mediante rejas introducidas por los usuarios. Fuente: autor, 2014

En los casos estudiados se han producido deformaciones en espacios donde antes la inseguridad no era un factor relevante. El individualismo como herramienta de defensa en las grandes ciudades es un factor determinante en el funcionamiento de los edificios colectivos, porque impone propósitos que solo benefician a cierta cantidad de usuarios y no a la totalidad de la comunidad.

Este individualismo o miedo a compartir con la persona ajena se traduce en la delimitación del espacio colectivo, que altera gravemente los accesos, los recorridos y los servicios comunitarios. Se puede observar cómo, de manera poco altruista, se crean obstáculos o se instalan barreras que modifican el espacio colectivo. Galerías, porches, soportales, pasillos, vestíbulos de acceso, cubiertas, etc., han sufrido la delimitación de los usuarios a lo largo del tiempo que “delimitan, gestionan y defienden” espacios para sentirse seguros y obtener bienestar psicológico.12 El usuario se manifiesta individualmente exigiendo el espacio que le falta y manifiesta la incapacidad del arquitecto de controlar la evolución del proyecto con el devenir del tiempo (fig. 10).

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Figura 10. Delimitaciones de los usuarios de las viviendas de los extremos de la galería. Fuente: César Aguirre, 2016

Interpretamos esta acción como una “sublevación” al sentimiento de vacuidad a la que el hombre moderno, a través del habitar en el espacio geométrico y estandarizado que proponía la arquitectura moderna —escenificada en la rejilla de Le Corbusier—, ve sometida su existencia, porque experimenta un ambiente vacío ya planificado por las instituciones gubernamentales. Frente a la idea de suprimir el mayor número posible de puertas y generar un espacio colectivo continuo de las propuestas originales “modernas”, el hecho de añadir, por parte de los usuarios, barreras a estos espacios, abre nuevas perspectivas y posibilidades al uso de la vivienda en cuanto a las diferentes escalas de colectividad que se generan y las posibilidades de control y gestión por parte de la nueva comunidad construida. Las modificaciones que se realizan sobre los paramentos exteriores, como incorporación de antenas y aires acondicionados o la aparición de acabados y pinturas en los límites de la propiedad de cada usuario, que proyectan su estilo de vida en la fachada, inciden considerablemente en el paisaje urbano y lo vuelven más heterogéneo e informal (fig. 11).

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Figura 11. Personificación e identificación de los espacios de domésticos que se enfrentan al espacio urbano. Fuente: César Aguirre, 2016

            Negociaciones

Aldo van Eyck estableció el concepto de objetos donados, que no se conciben como símbolos aferrados a una espiritualidad o forma, sino que permiten al individuo construir su propio espacio y participar del proceso creativo del habitar. El espacio intermedio de van Eyck es el producto de una interacción entre las propiedades objetivas del entorno y la capacidad del sujeto para percibir e integrar el conjunto de elementos. La introducción de espacios intermedios entre la escala urbana y arquitectónica en los proyectos de vivienda analizados se traduce en un mayor grado de flexibilidad funcional de la vivienda que extiende su territorio y posibilita la vida en comunidad, debido a las interacciones que en estos espacios se producen. Los espacios intermedios son escenarios de relación, extensión de lo privado en lo público y viceversa; son espacios de proximidad de una arquitectura que fomenta la sociabilización13 (fig. 12).

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Figura 12. Espacio intermedio entre la calle peatonal exterior y los corredores en altura que sirve como tendedero comunitario en las Casas Colectivas. Fuente: autor, 2016

Los límites o barreras que se introducen en las unidades de vivienda y en los espacios colectivos de los proyectos de vivienda ofrecen otras posibilidades de uso y nuevos escenarios que articulan situaciones contrapuestas entre individuo y colectivo o usuario específico y arquitectura genérica. Un rasgo preponderante en la arquitectura de Guayaquil es la identificación o proyección del usuario hacia el espacio común, como sucede en los soportales. Los bloques multifamiliares actúan como escenarios de las identidades de los diferentes usuarios que viven en ellos. Las personas buscan identificarse con el espacio próximo que le es ajeno, personificándolo. En los espacios colectivos aparecen objetos como macetas, hamacas, tendederos, bicicletas o muebles que acotan el espacio a través de la identificación de los diferentes usuarios que negocian con sus vecinos como compartir y gestionar los espacios próximos: los espacios intermedios se convierten en escenarios de negociaciones que generan comunidad.

Por medio de la normativa se anula la posibilidad de que los espacios intermedios se conviertan en una pieza fundamental en el desarrollo de la colectividad, pues olvida que la calidad de una arquitectura, muchas veces, está en la capacidad de esos espacios de estructurar el proyecto de vivienda mediante la transición de escalas entre la ciudad y la casa (fig. 13).

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Figura 13. Galería ocupada por objetos que comparten familias que se encuentran próximas. Fuente: César Aguirre, 2016

Conclusiones

¿Nos hablan las transformaciones de los espacios colectivos de la vivienda social de fenómenos crecientes de inseguridad y segregación social que tienen que ver con dinámicas de individualismo y con la pérdida de colectividad? ¿Sucede este fenómeno de igual manera en los conjuntos habitacionales modernos de ciudades americanas y europeas? ¿Es Guayaquil un caso acelerado de este fenómeno?

Las anteriores son algunas de las preguntas que esta investigación deja abiertas para exploraciones más profundas sobre el tema. En la observación de los modos de habitar de los distintos casos de vivienda colectiva en Guayaquil se han detectado peculiaridades específicas de cada proyecto, pero también un importante territorio común de situaciones y acciones transformadoras del objeto arquitectónico recibido.

En los resultados del análisis se evidencia una marcada problemática de integración urbana por vínculos morfológico-sociales en los conjuntos habitacionales que tiene que ver con la aparición de barreras de todo tipo que endurecen los límites entre el espacio público y el privado y afectan directamente la habitabilidad del proyecto. Las comunidades han delimitado, caracterizado y gestionado los espacios libres continuos y sin caracterización de la arquitectura moderna y han generado nuevas escalas de colectividad (figs. 14 y 15).

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Figura 14. Transformaciones a escala urbana de los Bloques Multifamiliares. Fuente: Daniel Alcívar, 2016  

Figura15. Transformaciones a escala urbana de La Atarazana. Fuente: Daniel Alcívar, 2016

La reformulación de las características de estos espacios colectivos implica compatibilizar diversas actividades e incorporar al usuario en la producción social del hábitat. El proyecto de vivienda colectiva debe generar una estructura de espacios libres capaces de intercambiar flujos de todo tipo con el barrio y la ciudad; vincularse con los equipamientos y estructuras principales de la urbe, y poner en contacto la vivienda con el resto de la sociedad. Lo anterior muestra carencias y evidencia la necesidad de repensar las escalas del espacio colectivo de los proyectos de vivienda social, a fin de posibilitar la potencial transformación del usuario con el paso del tiempo que genera situaciones híbridas entre la arquitectura formal y la informal (figs. 16 y 17). ¿Son estos espacios colectivos de la vivienda social, que mayoritariamente se encuentran en estado de abandono y deterioro, la oportunidad para generar el sistema de espacios libres urbanos que no existen actualmente en Guayaquil?

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Figura 16. Transformaciones a escala arquitectónica de las Casas Colectivas. Fuente: Daniel Alcívar, 2016 


Figura 17. Transformaciones a escala arquitectónica del Centro de vivienda. Fuente: Daniel Alcívar, 2016


Notas al pie

1 Periodo de estudio de la arquitectura moderna en Guayaquil definido en Bamba, Vivienda colectiva Guayaquil.

2 McGuirk, Ciudades radicales, 20 y 21.

3 Leach, “Pertenencia”.

4 Castillo Castañeda, Ríos Sierra y Martín Peccis, “Panorama de la seguridad en América Latina”.

5 La Caja del Seguro era un organismo estatal que ejecutaba proyectos de construcción de viviendas. En 1963 se fusiona con la Caja de Pensiones para formar la Caja Nacional del Seguro Social. En 1970 se transformó la Caja Nacional del Seguro Social en el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, que es el dueño actual del conjunto habitacional.

6 Junta Nacional de la Vivienda, La vivienda colectiva.

7 La Caja del Seguro, entre 1942 y 1967 (25 años), construye 4490 unidades habitacionales. La JNV, entre 1966 y 1989 (23 años), construye 35.766 unidades habitacionales. Datos extraídos de Sánchez, Mercado de suelo informal, 59-62.

8 McGuirck, Ciudades radicales, 77.

9 La caracterización multiescalar comprende las siguientes categorías: espacios colectivos a escala de barrio (espacios que abarcan varias manzanas o “supermanzanas”), a escala de manzana, a escala de edificio y a escala de la unidad de vivienda.

10 Jacobs, Muerte y vida de las grandes ciudades, 176.

11 VV. AA., ¡El tiempo construye!, 138.

12 Sánchez González y Domínguez Moreno, Identidad y espacio público, 101.

13 Montaner, Muxí y Falagán, Habitar el presente, 34 y 35.


Bibliografía

1. Aguirre, María del Rosario. Estado y vivienda en Guayaquil. Quito: Flacso, 1984.

2. Bamba, Juan Carlos. Vivienda colectiva en Guayaquil (1940-1970). Guayaquil: Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, 2016.

3. Castillo Castañeda, Alberto, Jerónimo Ríos Sierra y Ángel Martín Peccis. “Panorama de la seguridad en América Latina”. En La arquitectura de la violencia y la seguridad en América Latina, editado por Jerónimo Ríos Sierra, Miguel M. Benito Lázaro y Alberto Castillo Castañeda, 13-38. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2015.

4. Gilbert, Alan. La ciudad latinoamericana. México: Siglo XXI, 1997.

5. Jacobs, Jane. Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Capitán Swing, 2011.

6. Junta Nacional de la Vivienda. La vivienda colectiva en la producción estatal. Quito: Trama, 1979.

7. Leach, Neal. “Pertenencia”. En Camouflage. Cambridge: The MIT Press, 2006.

8. McGuirk, Justin. Ciudades radicales: un viaje a la nueva arquitectura de Latinoamérica. Madrid: Turner, 2015.

9. Montaner, Josep María, Zaida Muxí y David D. Falagán. Habitar el presente: Vivienda en España. Sociedad, ciudad, tecnología y recursos. Madrid: Ministerio de la Vivienda, 2006.

10. Ríos Sierra, Jerónimo, Miguel M. Benito Lázaro y Alberto Castillo Castañeda. La arquitectura de la violencia y la seguridad en América Latina. Madrid: Los Libros de la Catarata, 2015.

11. Rojas, Milton y Gaitán Villavicencio. El proceso urbano de Guayaquil 1870-1980. Guayaquil: ILDIS, 1988.

12. Sambricio, Carlos. Ciudad y vivienda en América Latina: 1930-1960. Madrid: Lampreave, 2012.

13. Sánchez Gallegos, Bertha Patricia. “Mercado de suelo informal y políticas de hábitat urbano en la ciudad de Guayaquil”. Tesis de maestría, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Ecuador, 2014.

14. Sánchez González, Diego y Luis Ángel Domínguez Moreno. Identidad y espacio público: Ampliando ámbitos y prácticas. Barcelona: Gedisa, 2014.

15. VV. AA. ¡El tiempo construye! Barcelona: Gustavo Gili, 2008.

16. VV. AA. “Arquitectura Guayaquil 1930-1960: Análisis de la producción arquitectónica en Guayaquil, décadas del 30 al 50”, tesis de grado, Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, Ecuador, 1980.

Publicado en dearq. 19