Miércoles, 15 Marzo 2017 18:12

Juan Camilo Niño Vargas

Reseña biográfica: 

Candidato a Doctorado en Antropología Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París, Francia. Antropólogo y magíster en Antropología, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia. Profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes.

Publicado en Autores

Introducción

Las descripciones detalladas de los aspectos técnicos de las casas que inauguraron los estudios antropológicos consagrados a la arquitectura indígena han cedido paulatinamente su lugar a una aproximación de aspiraciones más comprehensivas. Consciente de la dificultad de separar los aspectos materiales de los inmateriales, este nuevo acercamiento se ha interesado en la articulación de la dimensión física de las viviendas con la organización social y los órdenes simbólicos. En paralelo, gracias a reflexiones provenientes de diferentes disciplinas, se ha criticado la idea, según la cual la casa es una simple materialización del ingenio humano. En su lugar, se ha propuesto observarla como una entidad autónoma y dinámica, con una historia de vida basada en su interacción con sus ocupantes y su entorno.

Con el ánimo de mostrar la solidaridad de estas dos nuevas aproximaciones a la casa, el presente artículo se centra en un caso etnográfico preciso. El objeto de estudio son las viviendas construidas por los ette, un pueblo indígena de lengua chibcha del norte de Colombia. Mediante un examen detenido de los conocimientos arquitectónicos de este pueblo, se muestra cómo las viviendas gozan del estatuto de personas y, como tales, se les atribuyen cuerpos y almas sometidos a procesos de crecimiento y decadencia similares a los que atraviesan los seres humanos. Así, al coordinar edificación y persona, arquitectura y anatomía, vida útil y ciclo vital, los ette funden los aspectos técnicos y simbólicos de la casa, al mismo tiempo que resaltan su carácter de entidad relativamente autónoma, dinámica y relacional.

Además de la presente introducción y un acápite conclusivo, el artículo se compone de seis secciones. La primera le corresponde a la discusión teórica en la que se inscribe el ejercicio desarrollado. La segunda, la tercera y la cuarta, seguidamente, están consagradas al pueblo ette y a su arquitectura pasada y presente. La quinta y la sexta, finalmente, se centran en el conjunto de prácticas e ideas que llevan a los indígenas a humanizar sus casas y observarlas como personas sometidas a un ciclo de transformación corporal. La mayoría de información presentada y analizada proviene de un largo trabajo etnográfico realizado con los ette desde hace más de una década.1

Dos aproximaciones antropológicas a la casa

El interés de la antropología por la arquitectura se remonta a los mismos inicios de la disciplina. Con el fin de complementar sus célebres tesis evolucionistas, Lewis H. Morgan le dedicó una obra entera a las formas habitacionales de diferentes grupos amerindios, en la que trató de determinar el lugar que ocupaban dentro de un esquema universal civilizatorio.2 Los patrones arquitectónicos tampoco escaparon a la atención de los etnólogos interesados en reconstruir la historia precolombina, pues el examen de su difusión espacial sobre el continente prometía aclarar los contactos y migraciones de las civilizaciones indígenas.3

Los dos enfoques pioneros redujeron el estudio de la arquitectura a su dimensión técnica y tomaron a la casa como una manifestación más de la cultura material humana. Tanto evolucionistas como historicistas aspiraban formular grandes modelos explicativos mediante ejercicios comparativos, lo que frecuentemente los condujo a limitar su atención a las características físicas y mesurables de las viviendas. Las discusiones sostenidas en antropología, el refinamiento del método etnográfico y el interés que suscitó el continente sudamericano después de mediados del siglo XX estimularon las críticas a este tipo de acercamientos y redirigieron las investigaciones sobre el tema, en varias direcciones.

Un primer acercamiento novedoso propuso tomar en serio la articulación entre arquitectura, sociedad y pensamiento. La formulación de la teoría de las sociedades de casas, la importancia concedida a las manifestaciones espaciales de las prácticas sociales y los avances hechos por el estructuralismo en la compresión de los órdenes simbólicos evidenciaron la imposibilidad de estudiar por separado los aspectos materiales e inmateriales de la arquitectura.4 El espacio y el armazón físico de las viviendas ocupaban un lugar central en la vida humana y, por lo tanto, debían observarse como escenarios privilegiados para la expresión de las diferencias de género, la estructura familiar, la organización social y el ordenamiento del universo.5

Una segunda aproximación le devolvió su independencia al dominio arquitectónico, al concebir la casa como una entidad relativamente autónoma y dinámica. Las reflexiones orientadas a ampliar la noción de vida, descentrar el concepto de lo humano y expandir el campo de estudio de las ciencias sociales condujeron a observar las formas arquitectónicas como realidades irreductibles a sus constructores humanos.6 De acuerdo con este planteamiento, las edificaciones estarían a la misma altura que los organismos y, como tales, debían ser detentoras de la mayoría de sus rasgos definitorios. Como muchos otros seres y objetos del universo, interactuaban con su entorno, comportaban cuerpos sujetos al cambio y estaban sometidas a ciclos vitales.7

Si bien las dos alternativas propuestas no son excluyentes, pocos esfuerzos se han realizado para conciliarlas. La arquitectura amerindia pareciera ser un campo privilegiado para un proyecto semejante, dadas las concepciones animistas de muchos pueblos, la tendencia a otorgarle a una gran cantidad de seres la condición de persona y la fascinación por proyectar los órdenes simbólicos en la estructura de las edificaciones.8

Los ette de las llanuras del norte de Colombia

Los ette, también conocidos como chimilas, son uno de los varios pueblos indígenas del norte de Colombia. En la actualidad, ocupan el curso medio del río Ariguaní, al suroccidente de la Sierra Nevada de Santa Marta. La mayor parte de la población está establecida en un resguardo creado en la década de los ochenta, compuesto por dos grandes propiedades: Issa Oristunna y Ette Butteriya, en el en el Departamento del Magdalena. Recientemente se han sumado dos pequeños asentamientos en las estribaciones del macizo serrano: Narakajmanta e Itti Takke (fig. 1). Entre todos albergan unas 1200 personas y a esto hay que sumar pequeños grupos residentes en pueblos vecinos.9

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Figura 1. Mapa de los actuales resguardos ette en el norte de Colombia Elaborado por el autor. La base cartográfica fue tomada del Instituto Geográfico Agustín Codazzi, Atlas de Colombia, IGAC: Bogotá, 1977, pp. 40-41.

Los ette comparten rasgos lingüísticos y culturales con otros indígenas del norte de Colombia y, en general, con los pueblos de las tierras bajas sudamericanas.10 Las concepciones del universo son predominante animistas, de tal manera que los humanos comparten con otras entidades del universo la condición de persona.11 Además, goza de importancia la idea según la cual el universo está sometido a ciclos de destrucción y regeneración.12 La caza fue una actividad importante hasta hace algunas décadas; pero decayó con la violenta expansión del latifundio ganadero en el siglo XX. Hoy en día, la mayoría de población se dedica a la agricultura y, debido a las relaciones de explotación entabladas con la sociedad nacional, al trabajo asalariado en las haciendas.13

La lengua hablada por los ette pertenece a la familia chibcha y presenta características comunes con las de varios pueblos de la Baja Centroamérica y la Sierra Nevada de Santa Marta.14 En la actualidad, cuenta con un reducido número de hablantes, de alrededor de 800 personas, por lo que ha sido declarada oficialmente en peligro de desaparición. Apoyado por organización externas, los indígenas hoy están tratando de apropiarse de un alfabeto para su escritura que probablemente contribuya a salvaguardarla. Los términos vernáculos que aparecen en el presente artículo se transcribieron con este sistema de notación.15

El paisaje arquitectónico pretérito y actual

Durante los últimos dos siglos, los patrones arquitectónicos ette han sufrido enormes cambios. Los viajeros y etnógrafos que visitaron las llanuras del Ariguaní durante los dos últimos siglos describieron varios tipos de edificaciones. Tomados en conjunto, estos testimonios evidencian la riqueza de la arquitectura del grupo y brindan información sustancial sobre sus características técnicas. Sin embargo, debido a que fueron el fruo de exploraciones cortas y rápidas, contienen muy pocas observaciones sobre su dimensión social y simbólica.

Durante el periodo comprendido entre finales del siglo XIX y la mitad del XX, los observadores describieron varios tipos de viviendas familiares. Los testigos más tempranos documentaron la existencia de enormes casas abovedadas, ocupadas por una pareja y sus hijos (fig. 2).16 También notaron la presencia de pequeñas chozas con plantas ovaladas, largos caballetes y cubierta de dos aguas hasta el piso.17 A diferencia de lo documentado en la vecina Sierra Nevada de Santa Marta, ninguna de estas edificaciones fue descrita como un templo, ni se registraron manifestaciones míticas o rituales asociadas a ellas.18

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Figura 2. El paisaje arquitectónico pretérito. Una familia frente a una casa. Ilustración realizada por Joseph de Brettes, “Chez les Indiens”, 463

La situación cambió significativamente a mediados del siglo XX. La expansión de la frontera agrícola y el latifundio ganadero quebró la independencia de los ette y afectó drásticamente su modo de vida tradicional.19 Las grandes edificaciones desaparecieron y las de dimensiones modestas adquirieron formas más rectas. Los testigos de la época señalaron la presencia de pequeños cobertizos sin distinción entre techo y paredes, así como de chozas rectangulares cubiertas por techos de dos pendientes similares a las de los colonos criollos.20 Aunque muchos de los rasgos de estas edificaciones formaban parte del repertorio nativo desde siglos atrás, la mayoría de estudiosos do por sentado que eran variaciones de viviendas de origen foráneo y, consecuentemente, desestimaron el examen de sus especificidades.

El actual paisaje arquitectónico difiere en algunos puntos de aquel descrito hace unas décadas. Los grandes resguardos de las llanuras albergan casi dos centenares de casas, la mayoría en precarias condiciones; pero no por eso carentes de originalidad. En el centro de las propiedades comunales se encuentra la mayor concentración, cerca de las instituciones educativas fundadas con la ayuda del Gobierno. En las zonas periféricas se observan edificaciones solitarias, rodeadas de cultivos y selvas jóvenes. Las viviendas suelen estar emplazadas sobre colinas, a cierta distancia de los arroyos y aljibes de los que se obtiene el agua.

La mayoría de edificaciones son obra del ingenio de los indígenas y, como tales, se consideran fruto de una arquitectura autóctona (fig. 3). Se trata de pequeños cobertizos a ras del suelo; casas de paredes altas y techos de cuatro vértices; y, por fin, edificaciones abiertas con un techo de una sola pendiente, todas construidas con materiales de origen vegetal. Los otros tipos minoritarios son préstamos modificados de la cultura de los colonos: habitaciones de plantas rectas, paredes altas y techos con una o dos vertientes, en las que predomina la madera aserrada y las láminas de zinc. También se halla una veintena de casas de muros de ladrillo, construidas con la ayuda de agencias gubernamentales y muy poco apreciadas por los indígenas.

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Figura 3. El paisaje arquitectónico actual. Una solitaria casa en el resguardo de Ette Butteriya. Ilustración realizada a partir de una fotografía del autor

Por regla general, las casas están destinadas a servir de moradas y no se consideran escenarios para el ejercicio de la vida política o religiosa, aspecto que las diferencian de los templos y los salones comunales presentes en otras poblaciones indígenas. Los grupos residenciales suelen estar conformados por una pareja casada y sus hijos, aunque es frecuente encontrar otro tipo de parientes bajo el mismo techo. La vida se desarrolla alrededor de las construcciones a lo largo del día, y en su interior, durante la noche. Los hombres abren sus cultivos en las zonas aledañas y trabajan en las haciendas vecinas como peones. Las mujeres pasan el día en el área inmediatamente adyacente velando por el bienestar de las huertas caseras y de los animales domésticos.

Las formas habitacionales contemporáneas

La noción ette de casa, jaataka, remite a varias realidades. En una acepción general, designa a cualquier clase de vivienda, independientemente de su origen y características arquitectónicas. En una acepción más limitada, se refiere a una clase específica de habitación considerada prototípica. Además de este tipo particular, los ette reconocen como propias otras dos edificaciones: el cobertizo jukka y la garita jiiwaya.

La edificación más básica es el cobertizo jukka, expresión derivada de la denominación genérica de las palmas y con la que también se designa al techo. El nombre se ajusta muy bien a una construcción cubierta por completo con hojas de esta planta y que, en efecto, parece un techo puesto directamente sobre el piso (fig. 4). Se caracteriza por una planta ovalada; una estructura elíptica compuesta por postes inclinados llamados kajbri’; un largo caballete, denominado saakraya’; una cubierta de hojas de palmas que alcanza el suelo, también nombrada jukka; y una pequeña abertura lateral de entrada, conocida como jukkati’. En promedio, las edificaciones de este tipo alcanzan un tamaño de cuatro metros de largo, dos de ancho y uno y medio de alto. La principal función del cobertizo es servir de dormitorio a una pareja, aunque también puede ser utilizado como almacén. Su virtud es la sencillez y la firmeza, puesto que puede ser levantado sin mayores esfuerzos y es indestructible frente los embates del viento. Su vida útil, empero, es breve y tiende a remplazarse con rapidez.

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Figura 4. El cobertizo jukka. Elementos arquitectónicos:

 a) kajbri: poste; b) saakraya’: caballete; c) jukka: cubierta; d) jukkati: puerta. Ilustración realizada a partir de una fotografía del autor

Por su parte, la casa jaataka es la vivienda más valorada (fig. 5). A grandes rasgos, es un desarrollo estructural del cobertizo jukka y, de hecho, es aquella que, por lo general, lo remplaza. Se caracteriza por una planta rectangular; una estructura compuesta por cuatro o seis postes bautizados kajbri’; un cudrilátero de vigas horizontales, denominadas juubra; un techo de cuatro pendientes coronado por un caballete alineado con el eje este-oeste, y conocido con el término saakraya; unas paredes altas y sin ventanas que rodean la base, referidas con la expresión yagka; un grueso revestimiento superior hecho de hojas de palma, llamado jukka; una única entrada cubierta por telas u hojas de palma, referida como jukkati’; y, por fin, un plataforma de madera llamada jaa, emplazada en el techo para crear un espacio vacío a manera de desván y granero. El área de construcción varía entre cuatro y ocho metros de largo; tres y seis metros de ancho; y tres y cuatro metros de alto. La casa jaataka es multifuncional, lo que le permite servir a un mismo tiempo de habitación, cocina y estadero. Cuando el cerramiento de los muros es total, la función de dormitorio se acentúa; mientras que cuando es parcial, el área abierta se utiliza para cocinar y recibir invitados. La edificación es una de las más altas expresiones de la cultura indígena y es símbolo de la estabilidad y madurez del grupo familiar que la ocupa.

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Figura 5. La casa jaataka. Elementos arquitectónicos:

a) kajbri’: poste; b) juubra’: viga; c) kajbribri: cabio; d) saakraya’: caballete; e) jukka: techo; f) yagka’: pared; g) jukkati’: puerta; h) jaa’: desván. Ilustración realizada a partir de una fotografía del autor          

El tercer y más simple tipo de edificación reconocida como propia es la garita jiiwaya’, nombre que denota la idea de “sombra proyectada” (fig. 6). Consiste en un conjunto de postes kajbri distribuidos en la periferia de un área rectangular, unidos por un armazón de vigas horizontales juubra y coronados por un techo de palma con una mínima inclinación. Por lo general, se dejan abiertas, pero hay quienes prefieren levantar paredes en uno de sus costados. A veces se erigen al lado de otras construcciones provistas de muros, de tal forma que uno de sus lados queda cubierto. Sus funciones son diversas e incluyen la preparación de alimentos y la recepción de invitados.

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Figura 6. Una garita jiiwaya’ utilizada como cocina al lado de una casa tradicional jaataka’. Elementos arquitectónicos:

a) kajbri’: poste; b) juubra: vigas. Ilustración realizada a partir de una fotografía del autor

Para la construcción de todas las edificaciones referidas se prefieren materias selváticas. El armazón está hecho de especies vegetales de durámenes sólidos, como los árboles briira’ (Platymiscium pinnatum), majna (Bulsinea arborea), tajna’ (Aspidosperma polyneuron) y tuugati (Astronium graveolens). Los techos se cubren con hojas de las palmas jukka ennaka (Sabal mauritiiformis) y rokkra’ (Attalea butyracea). Los muros, frecuentemente, se levantan con los tallos cortados de la caña tujga (Guadua amplexifolia) y la palma kaati’ (Bactris guineensis). Los amarres del armazón se realizan con las lianas kannigkrichaya (Macfadyena uncata y Melloa quadrivalvis). Ocasionalmente, también se emplean láminas de zinc, madera aserrada y clavos de hierro comprados en los pueblos cercanos.

La anatomía de la casa

A pesar de haber pasado inadvertida para los investigadores que se interesaron en la arquitectura del grupo, la tan difundida concepción amerindia de la casa como persona no es ajena a los ette.21 Muchos indígenas sostienen que sus viviendas se parecen a los humanos y, por lo tanto, pueden ser objeto de una interpretación antropomórfica. Algunos van más allá y aseguran que, en efecto, son personas y, más exactamente, mujeres. Tal punto de vista concuerda con sus concepciones animistas del cosmos y, en concreto, con la noción según la cual la condición humana puede extenderse a los animales, a las plantas y a los objetos.

La idea de la casa como persona defendida por los ette no es un vago paralelo. Antes bien, se cimienta en una serie de correspondencias puntuales entre elementos arquitectónicos y partes del cuerpo. Las relaciones que vinculan a unos con otros se formulan conscientemente y hacen parte del saber compartido (tabla 1). Las correspondencias sobre las cuales se funda la asociación entre casa y cuerpo son limitadas en número; pero forman un conjunto coherente. Todas son de orden metafórico: los elementos arquitectónicos se asocian a partes del cuerpo humano, por presentar una morfología semejante, cumplir funciones análogas o, bien, ocupar un lugar similar dentro del todo al cual pertenecen. El desván, situado en el extremo superior de la edificación, se identifica con la cabeza y el corazón. Las mazorcas de maíz que suelen almacenarse en este cuartillo completan el paralelo al ser asimiladas al alma, un componente anímico situado, precisamente, en las cavidades del corazón. Las equivalencias continúan con el largo caballete que corona el techo, equiparado con una columna vertebral. Los postes rectos y los cabios inclinados emplazados en cada esquina de la construcción se perciben como extensiones del caballete y, en esa medida, se asemejan a piernas. Finalmente, la materia vegetal que recubre parcial o totalmente la estructura se asimila a la piel.

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Tabla 1. Interpretación corporal

Es posible restituir una última equivalencia corporal a través de una cadena de asociaciones. Los ette consideran que las viviendas y los frutos del calabazo (Lagenaria siceraria) hacen parte de una misma categoría de objetos, en virtud de varias características compartidas, como un cuerpo amplio y hueco al cual puede accederse por una única entrada. Ahora bien, los calabazos se llaman yumme, nombre del cual se deriva la expresión yummesu, “pequeño calabazo”, con la que se designan los vientres humanos. La denominación se aplica a los abdómenes de los dos sexos y, con mucha frecuencia, a los de las mujeres encinta. La casa resulta comparándose con un útero por ser un recinto cerrado con un único orificio de entrada y salida. Tal asociación no debería sorprender, pues es dentro de las viviendas donde generalmente ocurren los partos. Por lo demás, todo esto concuerda con las aseveraciones de muchos respecto a las cualidades femeninas de las casas.

Una vez se delinea la imagen completa de un cuerpo dotado de alma, la interpretación antropomórfica de la casa cesa. Aparte de los mencionados, ningún otro componente arquitectónico se observa en términos anatómicos. La imagen resultante del conjunto de equivalencias pareciera ser la de una mujer agachada, pero los indígenas no ofrecen detalles.

El ciclo vital de la casa

Las casas edificadas por los ette se transforman, a veces lentamente en el transcurso de varios años, a veces vertiginosamente en cuestión de unas cortas semanas. Sus ocupantes suelen levantarlas y desmantelarlas, ampliarlas y reducirlas, remodelarlas y abandonarlas constantemente. De ahí la aparente dejadez que un visitante apresurado puede percibir en los sitios de residencia, siempre rodeados de materiales de construcción y estructuras a medio acabar.

Lejos de obedecer exclusivamente al desgaste natural de los materiales de construcción o a los caprichos de sus habitantes, las modificaciones a las que están sometidas las casas acusan un proceso típico de las entidades animadas. Las viviendas se conciben como personas y, como tales, son partícipes de un ciclo de crecimiento y deterioro análogo al que atraviesan los seres humanos con el nacimiento y la muerte. Más que realizaciones completas, acabadas y estáticas de un modelo ideal preconcebido, las edificaciones pareciera ser expresiones transitorias de un movimiento en curso, coordinado con los acontecimientos sociales que marcan la vida de sus ocupantes.

El ciclo de vida de la casa comienza con la elección por parte de sus futuros dueños de un terreno adecuado para la construcción. Las labores suelen desarrollarse a lo largo la gran estación seca, entre diciembre y marzo, cuando es posible trabajar sin la interferencia de las lluvias. A los hombres les corresponde desyerbar el área, aprovisionarse de hachas y machetes, cortar la madera durante un periodo lunar decreciente y, por fin, levantar y amurallar la habitación. A las mujeres les queda la tarea de preparar los alimentos y las bebidas que mantendrán motivados a sus compañeros, así como estar prestas a ayudar ante cualquier déficit de fuerza masculina. En virtud de esta solidaridad sexual, tanto los hombres como las mujeres se consideran dueños de la habitación erigida.

La primera habitación levantada suele ser un cobertizo jukka, lo que no es de extrañar dada su simplicidad (fig. 4). Dentro del ciclo arquitectónico, la edificación se asocia a un estado de inmadurez. El cobertizo es una forma habitacional elemental en la que están presentes todos los principios definitorios de la arquitectura indígena sin estar desarrollados plenamente por ejemplo, una base alargada, una cubierta hermética, una sola puerta de entrada y un armazón alineado con el recorrido del sol. Por esta razón, se concibe como una suerte de feto, compuesto únicamente por un espinazo del cual surgen unas incipientes extremidades, respectivamente encarnados por el caballete del techo y los postes que lo sostienen. Coincidiendo con todos estos rasgos, sus ocupantes conforman un grupo social naciente, como puede ser una pareja de muchachos deseosos de independizarse o, bien, una familia recién llegada a un lugar de residencia.

El inaugural cobertizo jukka le cede su lugar a una casa jaataka, una vez sus ocupantes se afianzan en el terreno. La nueva edificación se levanta al lado de la antigua y, muy a menudo, encima de ella, rodeándola y conteniéndola. Muchos materiales se transfieren de una a otra durante la construcción. A primera vista, la operación parecería consistir en una simple sustitución, pero en realidad se trata de un proceso de crecimiento. Como pueden advertirse, la casa jaataka es un cobertizo jukka elevado del piso y dotado de paredes, por lo que su techo recuerda a su predecesor y, de hecho, lleva su mismo nombre (figs. 4 y 5). Asimismo, desde un punto de vista anatómico, la transición consiste en la evolución de un cobertizo fetal compuesto por un único espinazo, en una casa con un cuerpo acabado y en cuyo interior se esconde un corazón y un alma. La presencia de una casa jaataka, además, es, a los ojos de los ette, un signo de madurez de sus ocupantes y, concretamente, de la consolidación de los lazos matrimoniales y el aumento de la prole.

La casa sigue creciendo mediante la construcción de edificaciones localizadas en sus cercanías. Una vez una familia concluye la vivienda que le servirá de dormitorio, no tarda en levantar una garita jiiwaya, destinada a las labores culinarias. Cuando ya está hecha, erigirá otra para pasar la tarde y recibir a los invitados. Dependiendo de los gustos y los progresos sociales, también puede ser levantado un pequeño corral para los animales domésticos o un par de sillas largas de madera para sentarse a conversar en la noche. El afán por construir nuevas habitaciones solo se ve frenado por la necesidad de mantener las ya existentes.

La vitalidad de la casa declina tarde o temprano con advenimiento de ciertos acontecimientos. La edificación decae a medida que sus habitantes adultos envejecen y los jóvenes se marchan a otros lugares. La casa jaataka empieza a lucir descuidada, las garitas jiiwaya se desploman y, en casos más extremos, todas las habitaciones son remplazadas por un sencillo cobertizo jukka, mucho más fácil de mantener y perfecto para alojar a dos débiles ancianos. La vivienda sufre un proceso regresivo manifiesto en un deterioro material, una simplificación estructural y un desmembramiento del grupo residencial. Paralelamente, se observa un empobrecimiento simbólico, señalado por la desaparición de elementos arquitectónicos asociados a partes del cuerpo, como los postes que representan las extremidades o el desván que acoge al alma.

El fin de la casa también puede ser abrupto. El fallecimiento de uno de sus dueños está seguido de su abandono o, lo que es lo mismo, de su muerte. La estrecha asociación entre la desintegración de las casas y sus constructores queda evidenciada por la existencia de una sola palabra para designar ambos eventos: gijna’a, (morir). De acuerdo con normas tradicionales de muy vieja data, los jefes de hogar fallecidos deben ser enterrados en el centro de la habitación. Inmediatamente después, la construcción se deja a merced de las malas yerbas y los sobrevivientes se dan a la tarea de buscar refugio entre familiares lejanos.

Conclusión y síntesis

La casa no es un tema sobresaliente en la literatura consagrada a los ette, situación que contrasta con lo reportado entre otros pueblos indígenas cercanos en términos geográficos y lingüísticos.22 Las razones que explican este vacío remiten tanto a la austeridad general que caracteriza a la cultura del grupo como a los prejuicios de las investigaciones tradicionales, centradas en el tema. Por un lado, las viviendas construidas por los ette pertenecen al ámbito de lo profano y raramente figuran en el discurso mítico y la acción ritual, lo que dificulta la restitución de su dimensión simbólica. Por otro, los patrones de construcción han sufrido transformaciones relevantes, debido a la influencia foránea durante el último siglo, lo que frecuentemente ha desestimulado el examen de las prácticas arquitectónicas nativas.

En cualquier caso, ni la profanidad de la casa ette, ni su inevitable sujeción a las vicisitudes históricas, deben tomarse como un signo de simplicidad. La ausencia de mitos y ritos en torno a las viviendas, así como su actual similitud con aquellas construidas por la población campesina, se encuentran compensadas por una arquitectura conceptual rica y profunda. Las edificaciones hechas por los indígenas son el resultado de un saber tan técnico como simbólico, ejemplificado en la equiparación de la vivienda con una persona, así como en el establecimiento de una serie de correspondencias entre elementos arquitectónicos y partes del cuerpo. Un examen más calmado, sin duda, también habría sacado a flote otras dimensiones tan interesantes como la expuesta.

En ese sentido, antes que por la pobreza, la interpretación antropomórfica de la casa propuesta por los ette está marcada por la mesura. Cuando se compara con las documentadas en otros grupos amerindios, parecieran encontrarse en algún punto entre dos polos caracterizados por la opulencia y la exigüidad. Por un lado, es menos sofisticada que las elaboradas por pueblos en los cuales la casa se sacraliza, las viviendas se consideran humanos plenos y a cada componente arquitectónico se le asigna una parte del cuerpo humano.23 Por otro, es mucho más completa que las presentes en sociedades cuyos miembros se contentan con establecer algunos símiles entre elementos arquitectónicos y anatómicos, sin que se derive claramente de su sumatoria la efigie de un cuerpo humano.24

Lo que pareciera preocuparle a los ette es, entonces, integrar la casa a su universo animista mediante una analogía fuerte con las personas y una serie suficiente, mas no exhaustiva, de correspondencias entre armazón y cuerpo. Aunque las asociaciones no ponen en juego más que una tercera parte del total de componentes distinguidos de una edificación, y una proporción mucho menor de los reconocidos para el cuerpo, se integran en un todo coherente y dejan entrever la imagen acabada de una persona. La casa resulta ser algo más que la simple suma de sus partes: es un organismo dotado de humanidad, con un cuerpo y un alma propios y, por lo tanto, en pie de igualdad con muchos de los seres del cosmos. De igual manera, se considera una entidad cambiante, sometida a los procesos de nacimiento, crecimiento, deterioro y muerte por los que atraviesan los hombres y las mujeres que las ocupan.

Las dos alternativas entre las cuales se debate la actual antropología de la casa encuentran, así, un punto de coincidencia en el pensamiento de un pequeño grupo indígena del norte de Colombia. Las viviendas construidas y habitadas por los ette son el resultado de un conjunto inextricable de saberes técnicos y simbólicos, gracias a los cuales adquieren características humanas y rasgos corporales. La humanidad y corporalidad concedida a las edificaciones es tomada con entera seriedad por sus constructores, quienes en muchos sentidos las observan y tratan como entidades relativamente autónomas y dinámicas. Como la mayoría de seres animados del universo, pasan por un estado fetal, crecen hasta desarrollar un alma y, finalmente, mueren y son olvidadas. Los ette, de este modo, funden de manera novedosa nociones como casa y persona, cuerpo y estructura, arquitectura y anatomía, vida útil y ciclo vital.


Notas al pie

1 Los trabajos de campo en territorio ette se realizaron entre 2003 y 2011, principalmente en los resguardos Issa Oristunna y Ette Butteriya en el Departamento del Magdalena. Un primer acercamiento de cinco meses tuvo lugar en 2003, y se efectuó en el marco de una Maestría en Antropología en la Universidad de los Andes. Una segunda fase más profunda, de veintidós meses, se realizó entre 2010 y 2011, estuvo financiada por la Universidad de los Andes y la Fundación Ann Osborn y se efectuó en el marco de un doctorado en el Laboratorio de Antropología Social y la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

2 Morgan, Houses and House-Life.

3 Roth, An Introductory Study of the Arts. La misma tendencia historicista y difusionista dominó los primeros estudios consagrados a la arquitectura ette. Bolinder, “Die Letzten Chimila-Indianer”, y Reichel-Dolmatoff, “Etnografía chimila”.

4 Bourdieu, Le sens pratique, 441-461; Carsten y Hugh-Jones, About the House; Lévi-Strauss, La voie des masques, 141-164; Rapoport, House Form.

5 Entre muchos otros, son ilustrativos de esta tendencia los estudios de Bidou, “Representation de l’espace”; Cunningham, “Order in the Atoni House”; Hugh-Jones, From the Milk River, 235-274; Pinton, “La maison bari”; Guyot, “La maison des indiens”; Reichel-Dolmatoff, “Templos kogi”; Rivière, “Houses, Places and People”.

6 Ingold, Being Alive, 67-75, 115-125; The Perception of Environment, 172-188.

7 Blier, The Anatomy, 2; Carsten, After Kinship, 44-46; Ingold, The Perception of Environment, 187.

8 Carsten y Hugh-Jones, “Introduction”, 30-36; Hugh-Jones, “Inside-Out and Back-to-Front”; Eduardo Viveiros de Castro, “Os pronomes cosmológicos”.

9 Niño Vargas, Ooyoriyasa, 25-66.

10 Ibid.; Niño Vargas, “Sistema de clases”; Reichel-Dolmatoff, “Etnografía chimila”.

11 Descola, Par-delà nature et culture, 183-202; Niño Vargas, Ooyoriyasa, 103-136.

12 Niño Vargas, “Ciclos de destrucción”; “El tejido del cosmos”.

13 Uribe Tobón, “Chimila”.

14 Niño Vargas, “Sistema de clases”.

15 El alfabeto que la comunidad estátratando de implantar toma como base el del castellano. La mayoría de consonantes y vocales se pronuncian igual que en español. Las excepciones son /g/, que es una palatal nasalizada, y /’/, que es una irrupción glotal. La /b/, /d/ y /g/ siempre se prenasalizan. Información más detallada puede encontrarse en Malone, “Mora Minimal Foot and Segmental Phonology”; Niño Vargas, “La travesía de un joven”; Trillos Amaya, Categorías gramaticales.

16 Brettes, “Chez les Indiens”, 462; Reichel-Dolmatoff, “Etnografía chimila”, 101 y 102.

17 Brettes, “Chez les Indiens”, 461-465; Bolinder, “Die letzten Chimila-Indianer”, 205-211; Reichel-Dolmatoff, “Etnografía chimila”, 101.

18 Confróntese con Reichel-Dolmatoff, “Templos kogi”.

19 Niño Vargas, Ooyoriyasa, 50-56; Uribe Tobón, “Chimila”, 58.

20 Cardale Schrimpff, Techniques of Hand-Weaving, 128; Osorio Gallego, “Chimila”, 31.

21 Sobre la generalidad de la concepción de la casa como persona véase Carsten y Hugh-Jones, “Introduction”, 2.

22 González Chaves y González Vásquez, La casa cósmica talamanqueña; Margery Peña, Mitología de los bocotás; ReichelDolmatoff, “Templos kogi”.

23 Guyot, “La maison des Indiens”, 160-166; Karadimas, La raison du corps, 369-393; Reichel-Dolmatoff, “Templos kogi”, 210212.

24 Descola, La nature domestique: 148-151; Surrallés, Au cœur du sens, 83-89. Debe notarse que este también es el caso de los campesinos establecidos en las cercanías del territorio ette.


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