Sábado, 10 Septiembre 2016 11:08

Editorial

El momento que vive Colombia ha hecho que sea más apremiante la reflexión sobre cómo aportar en la construcción de paz. La influencia de la arquitectura y el urbanismo, por su propia naturaleza profesional y la manera como se integra al espacio de convivencia e interacción entre comunidades, resulta indispensable en esta apuesta colectiva de repensarnos en torno de la paz, en lugar de la guerra. Pero a pesar de que el llamado a aportar a la “construcción de paz” está omnipresente hoy en los medios y en los discursos políticos, académicos y sociales, no siempre hay claridad acerca de qué implica esta noción, cómo contribuir a ella y cómo se puede trabajar de manera mancomunada entre disciplinas afines.

Consideramos entonces fundamental invitar a la reflexión in- terdisciplinar sobre el papel y las posibilidades que tiene la espacialidad para aportar a la paz, al igual que las implicaciones que ha tenido el conflicto y los retos que impone la transición. El analista V. Fisas describe el conflicto como un “proceso interactivo” que se da en un contexto determinado. Podríamos agregar como determinante una dimensión geográfica, tan diversa como la colombiana, con una configuración y trazados particulares, donde se generan situaciones que pueden llegar a ser conflictivas. Sin embargo, el conflicto puede verse también como una posibilidad para replantear circunstancias, reflexionar sobre las brechas sociales y constituirse como un camino de transformación con implicaciones de gran impacto.

En este sentido, con el objetivo de promover una reflexión alrededor de la forma en que la arquitectura y el urbanismo han participado y pueden participar a futuro en escenarios de conflicto, transición y posconflicto, se realizó en la Universidad de los Andes el Primer Simposio Internacional de la revista Dearq denominado Arquitectura y Urbanismo para la Paz y la Reconciliación. Para ello se convocó a urbanistas, arquitectos, psicólogos, abogados, politólogos, artistas, antropólogos y diseñadores, a fin de que indagaran sobre trabajos y propuestas que involucran el espacio como herramienta de cambio para la construcción de paz.

El simposio, realizado el 14 y 15 de septiembre de 2015, resultó ser un espacio enriquecedor, de interacción tanto desde el punto de vista disciplinar como desde el geográfico. En este participaron cuatro conferencistas, treinta y dos ponentes y ocho moderadores de diversas procedencias nacionales (Bo- gotá, Medellín, Cúcuta y Buga) e internacionales (Corea del Sur, El Líbano, España, Estados Unidos, India, Inglaterra, Bélgica y Perú). Esta diversidad logró incentivar el diálogo entre disciplinas mediante siete paneles en los que se compartieron propuestas académicas y proyectos prácticos, dirigidos tanto a regiones rurales como a las urbanas, en Colombia y en otros países.

El evento relató historias profundas y conmovedoras que delaron importantes enseñanzas en sus participantes y permitió que colombianos y extranjeros pensaran por un momento en sus experiencias, teniendo en cuenta las diferencias y semejanzas que las huellas de la guerra y el anhelo de paz imponen en toda sociedad y su espacio construido.

Este número de la revista recoge una pequeña muestra de esa diversidad compartida durante el simposio. Aquí se incluyen siete artículos derivados de las ponencias presentadas en el simposio, que interesantemente logran dar cuenta de la variedad que se quería resaltar: tres de los artículos provienen de invitados internacionales, y cuatro, de invitados nacionales. Además, dos son artículos escritos por arquitectos, uno por dos abogados, uno por un psicólogo, uno por una antropóloga y uno en coautoría entre arquitectos y abogados.

Todos estos artículos, desde su importante diversidad, resaltan el alcance, la riqueza, los retos y las dificultades que implican la participación de la arquitectura y el urbanismo en escenarios de conflicto, transición y posconflicto. En ellos encontramos reflexiones sobre la utilidad de algunos sitios históricos como símbolos de paz y reconciliación (García); el rol que puede te- ner en la sociedad la espacialidad de la prisión como instrumento de inclusión o exclusión (Iturralde y Ariza); la relación campo-ciudad y el rol del diseño social y su interrelación entre la arquitectura y la psicología social, articulados al sentido de convivencia por parte de los habitantes rurales (Granada); el papel que cumplen la arquitectura y el arte en la construcción y el fortalecimiento del posconflicto, ayudando en el proceso de reconciliación y construcción de memoria en la comunidad, a través de proyectos que reivindiquen a las víctimas (Ayala, Rodríguez y Osorio); la memoria del espacio y sus efectos en la construcción de un espacio que promueva la reconciliación, o por el contrario, uno que visibilice el conflicto (Young Song); el deber ético que tiene la arquitectura de construir y preservar los lugares de memoria y los espacios de reconciliación (Isa- ak), y cómo en escenarios de conflicto, la violencia simbólica afecta la población, sus percepciones de lugar, forma de vida y cultura y, por ende, el potencial del sentido del espacio y su construcción para incrementar la transformación del conflicto y fortalecer la resiliencia y la reparación simbólica (Piquard).

Esperamos que este número de Dearq logre destacar la relevancia de estos esfuerzos compartidos y que invite a seguir ex- plorando este prometedor camino de investigación interdisciplinar e internacional. Igualmente, esperamos que la condición inherente de la arquitectura y el urbanismo se dimensione y se potencie como una de las herramientas para la construcción de ciudadanía, asumiendo un papel activo en la generación de espacios que faciliten, promuevan y consoliden condiciones pacíficas para la convivencia.

Publicado en dearq. 18