Burguer City. Repercusiones de los modos de producción en la ciudad contemporánea

  • paginas: 124-131
  • Resumen: La revolución científica del trabajo producida a principios del siglo XX supuso una transformación social y cultural. El innovador modo de abordar los procesos productivos, modificó los modelos que estructuraban la sociedad industrial. Progresivamente, estas cuestiones parecen haber condicionado el modo de pensar la nueva metrópoli. El artículo hilvana dichos paralelismos producción-sociedad- ciudad, dado que los tres factores resultan unívocamente ligados y, de ese modo, pretende analizar diversas claves de la realidad contemporánea.
  • Palabras clave: sociedad industrial, posfordismo, ciudad genérica, ciudad pos- moderna
  • Abstract: The scientific work revolution that took place in the early twentieth century led to a social and cultural transformation. A new innovative way to address production processes has modified the models that structured industrial society; this seems to be increasingly conditioning the way of thinking in the new metropolis. This article joins together the parallelism between production-society-city since these three factors are univocally linked. It, in turn, tries to analyze various keys of contemporary reality.
  • Keywords: industrial society, post-Fordism, the generic city, postmodern city
  • Resumo: A revolução científica do trabalho produzida no início do século XX supôs uma transformação social e cultural. O inovador modo de abordar os processos produtivos modificou os modelos que estruturavam a sociedade industrial. Progressivamente, essas questões parecem ter condicionado o modo de pensar na nova metrópole. Este artigo conecta esses paralelismos produção-sociedade-cidade, tendo em vista que os três fatores resultam univocamente ligados e, desse modo, pretende analisar diversos aspectos fundamentais da realidade contemporânea.
  • Palavras-chave: sociedade industrial, pós-fordismo, cidade genérica, cidade pós-moderna
  • Recibido: 28/01/2016
  • Aprobado: 03/10/2016
  • Modificado: 09/10/2016

Las ciudades contemporáneas están sufriendo continuas transformaciones que tienen su máxima expresión en la reconsideración del espacio público. El advenimiento de la Revolución Industrial modificó de forma sustantiva la morfología urbana y estableció una nueva estructura condicionada por las nuevas formas de transporte, las implantaciones de las fábricas y de los barrios obreros. Si en un inicio la propia disposición industrial determinó la estructura de la ciudad europea y americana de inicios del siglo XIX, luego los mismos procesos productivos se encargaron de establecer una articulación dialéctica con las nuevas metrópolis. De ese modo, la relación del hombre con la máquina ha determinado históricamente las diversas interpretaciones de los espacios urbanos. Los sueños utópicos de la modernidad, sustentados todavía en la confianza en el progreso, prescindieron, paradójicamente, del espacio público, perdiendo cualquier rasgo de “crítica social”.1 La muerte de la calle, anunciada por Le Corbusier, desequilibró definitivamente los sistemas de interacción ciudadana. La tecnología, con cierta aureola distópica, a partir de los años setenta, ha impuesto nuevas condiciones que van determinando la configuración y el carácter débil de los espacios urbanos. Autores como James Harvey o Fredric Jameson han explicado el advenimiento de la ciudad posmoderna como la expresión de un régimen caracterizado por la acumulación flexible típica del posfordismo. De igual forma, la nueva sociedad digital ha transformado profundamente la consideración de lo público y lo privado, de lo físico y lo virtual, y ha provocado nuevos modelos de relaciones sociales. Las diversas derivas del capital han tenido su inmediata reproducción en los espacios urbanos. En ese sentido, se puede formular una lectura que interprete la relación de los modelos productivos con el espacio urbano.

El sueño de la eficacia, la pesadilla de la restricción

En su teoría sobre la organización científica del trabajo, Frederik Taylor2 asignaba a cada trabajador un movimiento concreto y lo convertía en una pieza eficaz dentro de un sistema subdividido. Esta eficacia, a su vez, despojaba al individuo de cualquier signo de espontaneidad y le atribuía exclusivamente movimientos exactos, metódicos, rutinarios y preprogramados. Así, cada persona abordaba una parte concreta de la realidad, a la vez que le era negada una visión global. El individuo había sido reducido a un número muy limitado de movimientos. Posteriormente, Henry Ford3 implementó este sistema en la fabricación en serie de automóviles, que respaldaba así el denominado sueño americano (fig. 1). La producción en masa de elementos en serie permitía una gran expansión de productos homogéneos que determinaban, inevitablemente, estilos de vida igualmente homogéneos.

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Figura 1. Línea de montaje Ford, 1913. Fuente: Flickr

A finales de los años sesenta, este sistema empezó a dar signos de agotamiento tanto en el plano económico como en el social, el cultural, el político o el ecológico. En ese periodo, Theodore Roszak disecciona el desencanto de una joven generación incipiente con el mundo tecnocrático “que asume una influencia autoritaria sobre los aspectos más íntimos y aparentemente más personales de la vida humana: comportamiento sexual, educación de los niños, salud mental, esparcimiento, etc.”.4 La tecnocracia, según el autor, era portadora de una ideología, en apariencia, neutra, camuflada bajo una supuesta racionalidad y eficiencia. Todo ello tuvo una eclosión en los movimientos juveniles y contestatarios de 1968, manifestado en lo que Roszack denominó “el nacimiento de una contracultura”. Isidore Isou, artista muy influyente en los grupos letristas y situacionistas, articula su discurso en torno a la aparición “del nuevo protagonista de las revoluciones culturales y sociales: el joven insatisfecho”.5 Esta masa, derivada del baby boom, resultaba principalmente desesperanzada pese a la recuperación económica de los años de la posguerra y presenta una actitud contestataria que deriva en las revoluciones juveniles antes mencionadas. La creciente desconfianza en el futuro hace que surja una contracultura que cuestiona la jerarquía positivista y científica de la sociedad. Isou analiza la presión ejercida sobre una juventud inactiva que había quedado fuera del sistema, carente de medios con los que canalizar su potencialidad, encorsetados por una sociedad tecnocrática, pero deseosa de nuevos hallazgos y emociones.

Es en la década de los setenta cuando esta coyuntura se presenta en su verdadera magnitud, provocada en gran medida por la crisis energética de 1973.6 La lógica de la cantidad vino a ser sustituida por la lógica del hiperconsumo.7 En esos años, el individuo se dejó de identificar con la masa, se había vuelto más selectivo y precisaba de elementos diversos que reforzaran su distinción individual, nacional o sexual. Se produjo, de cierto modo, una fragmentación de los modos de vida. La sociedad reclamaba una estructura más heterogénea y flexible y, por lo tanto, una sociedad desdisciplinada.

Los mercados intentaron dar una respuesta rápida a este nuevo modo de sentir, iniciando el llamado posfordismo, en el que se modificaron los procesos industriales, se acortaron las cadenas de producción y se permitió diversificar la oferta para el consumo en un mercado más fragmentado. Las consecuencias sociales fueron evidentes. Surgió un nuevo modo de gestionar los comportamientos, un nuevo proceso de diferenciación que desembocó en la eclosión de microgrupos y pequeños colectivos que escenificaban la puesta en valor de las singularidades subjetivas. Este fenómeno, que ha caracterizado el final del siglo XX, se ha explicado mediante la metáfora de las tribus.8 La pérdida de un objetivo preciso y la disolución de las utopías de la modernidad provocaron la ebullición de lógicas de identidades inestables, cambiantes y dispersas. Se produjo una atomización de la sociedad, en la que se diluyó el concepto de colectividad, a favor de una multiplicación de pequeñas (y efímeras) emociones locales, generalmente caracterizadas por una particular estética, por un sentir común. Este mecanismo acentuó la capacidad de decisión del individuo para pertenecer o abandonar un grupo, en lo que Maffesoli vino a llamar la sociedad electiva.

En las ciudades, por contra, esto no parece haber sucedido de igual modo. El proceso sistemático de personalización resulta, paradójicamente, inseparable de una “esterilización del espacio público y del lenguaje”.9 La aparición, por lo tanto, de nuevas singularidades sociales solo podía tener lugar en un espacio más aséptico, menos determinado por las expectativas de un futuro del que la posmodernidad desconfiaba. En ese sentido, se produjo una puesta en valor del presente o, en palabras de Jean-François Lyotard, del “dominio del aquí y el ahora”.10 La producción urbana de las grandes ciudades, cada vez más despojada de las huellas del pasado y dejada atrás las referencias a las citas históricas, ha tendido hacia una aniquilación de las diferencias, hacia una ciudad homogénea, definida por Rem Koolhaas como la ciudad genérica.11 Asistimos a la eclosión de la ciudad franquicia, indistinguible, exportable e inapropiable, en la que ya es imposible establecer vínculos emocionales con el lugar o el territorio. Se trata de ciudades tematizadas, producidas en serie bajo la sombra de la globalización. Efectivamente, esta nueva propuesta de producir y de consumir ha provocado la aparición de una nueva espacialidad, cada vez más despersonalizada y enfocada en la sustitución de los lugares de relación directa, por automatismos o espacios digitales.

Transferencias industriales.

Una nueva caracterización de la sociedad

En La McDonalización de la sociedad, George Ritzer analiza los procesos establecidos en las cadenas de comida rápida para luego hacerlos extensivos a diversos procesos sociales. Asigna cuatro características básicas a este modo de proceder: eficacia, cuantificación, previsibilidad y control.12

La aspiración a la eficacia la desarrolla a partir de las teorías de Max Weber sobre la burocratización y la racionalización formal de la sociedad.13 La racionalización se entiende como una reducción de la condición humana, al estar muy limitada su área de movimiento por leyes y estructuras sociales. De este modo, la maquinaria burocrática modificaba enormemente el comportamiento del ser humano bajo la denominada jaula de hierro de la racionalidad.14 La lógica de la producción en serie había sido transferida a la conducta humana.

La cuantificación venía a reforzar la idea de la eficiencia y la exactitud. Hacía referencia a la introducción en los procesos industriales de la precisión numérica, matemática (cuantitativa) frente a la tendencia lírica (cualitativa) del individuo. La conversión de una secuencia en datos permitía, así, ejercer un mayor control sobre el proceso. Esta datificación ha sido extendida al marco del comportamiento humano, mediante una objetualización de este, en el que se ha producido “una refundación de las relaciones interhumanas a imagen y semejanza de las relaciones que se establecen entre consumidores y objetos de consumo”,15 y que acaba convirtiendo al consumidor en un producto consumible.

La previsibilidad la vinculaba a un estado en el que se había abolido la sorpresa. Ritzer ejemplifica este proceso mediante la arquitectura propuesta por la cadena Holiday Inn, a partir de los años cincuenta, como pionera de un estilo voluntariamente previsible, reproducible y ajeno a la geografía. En este caso, todos los hoteles eran iguales en todos los lugares. Constataba un mundo donde el ser humano tendía hacia lo esperado y que era encarnado en la figura del centro comercial como máximo exponente de un mundo homogéneo. Esta previsibilidad y anulación de la subjetividad, apunta el autor, fue trasladada al comportamiento intelectual a través de los programas docentes en lo que vino a denominar “la educación para la docilidad”.16

El control, que inicialmente fue instaurado por el taylorismo en un intento de deshumanizar al hombre, fue asumido paulatinamente por la tecnología. Las máquinas fueron diluyendo la posible alienación humana. Abraham Moles y Elisabeth Rohmer abordaron la cuestión de la humanización ficticia de las relaciones entre un sistema y un ser, intuyendo una nueva naturaleza de la sociedad caracterizada por la idea de “sistemas productores de servicios y constreñimientos”.17 Ha resultado más eficaz programar máquinas que personas y, por lo tanto, las relaciones comerciales tienden a suprimir la figura del vendedor. Es en este punto donde Lyotard introduce la cuestión de la programación, de la posesión de información para gestionar las decisiones automatizadas, que constituyen la naturaleza para el hombre posmoderno.18

Paradójicamente, en sentido inverso, se ha producido también una aparente humanización de los artefactos, programados con recursos propios de la educación cívica. Mensajes de máquinas expendedoras tipo “su tabaco, gracias”, que Baudrillard ha calificado como la “una reinyección sistemática de relación humana [...] que tienen la misión de lubrificar las relaciones sociales mediante la sonrisa institucional”.19 Esta humanización progresiva de la máquina constituirá uno de los mayores temores de la sociedad y se verá reflejado en las numerosas especulaciones producidas por la ficción a partir de finales de los años sesenta en las que la tecnología, a través de una rebelión incontrolada, suplanta la voluntad humana. Todo ello ha derivado a una reducción al mínimo de las interacciones personales, fundamentalmente mediadas por la tecnología que, en este caso, no exige un esfuerzo de relación social. Consecuentemente, la pérdida de relación ha tenido una traducción directa en la desaparición del sentido colectivo del espacio.

Ciudades en serie. Una nueva producción urbana

Volviendo a la realidad urbana, ¿en qué medida estos procesos (eficacia, cuantificación, previsibilidad y control), que definen una sociedad McDonalizada, determinan la configuración de la ciudad contemporánea?

En busca de una mayor eficacia, el movimiento moderno intentó racionalizar las funciones de la ciudad en la llamada Carta de Atenas (1933), al zonificarla con base en los usos (habitar, trabajar, descansar y circular). Se avanzó hacia un espacio urbano específico, que si bien potenciaba un uso supuestamente racional, discriminaba la yuxtaposición de funciones que antaño lo había caracterizado. Esta tendencia fue subrayada por la aparición de las Unité d’Habitation, que planteaban una tipología edificio-ciudad autosuficiente, encerrada en sí misma y que planteaba cierta desconexión respecto al espacio público. La calle, de ese modo, perdía carácter, a la vez que Le Corbusier20 vaticinaba su muerte. Las ciudades se despojaban, así, de la abundante riqueza multifuncional de estructuras urbanas previas,21 y esto ha derivado en una serie de usos a los que la ciudad ha renunciado, al tiempo que ofrece tan solo respuestas monofuncionales o temporales. Grandes distritos de servicios, por ejemplo, permanecen desolados fuera de los horarios administrativos; enormes recintos expositivos resultan desérticos una vez pasada la celebración, y, así, numerosos planteamientos urbanos pasan a formar parte de un paisaje contemporáneo desolado que asiste a su explosión y a su decadencia en el paso de una sola generación.

Antes, la ciudad ya había perdido parte de su heterogeneidad con la implantación de grandes planes urbanos que tendieron a crear “bolsas” socialmente homogéneas, vinculadas a espacios concretos de la ciudad. Su ejemplo más paradigmático es en el Plan Haussmann, desarrollado durante el Segundo Imperio de París, a mediados del siglo XIX. Dicho plan, que en ese momento promulgaba un nuevo modo de entender y gestionar la ciudad mediante nuevas estrategias urbanísticas, conllevó importantes consecuencias sociales. La burguesía, los funcionarios, los trabajadores, los estudiantes, etc. Convivían, hasta entonces, en un mismo edificio, ocupando diversos niveles según su posición social. De cierto modo, una manzana contenía un conjunto de situaciones heterogéneas capaces de reflejar la complejidad de la sociedad urbana. Sin embargo, la subida de los alquileres de las viviendas, propiciada por el Plan Haussmann, expulsó del todavía prestigioso centro a las clases más desfavorecidas, incapaces de soportar la presión económica, que se vieron forzadas a realojarse en la periferia. Se establecieron, de este modo, diversas bolsas urbanas homogéneas e impermeables, sistemas cerrados en sí mismos, y, por tanto, situaciones incipientes de descohesión social. Lo que se estaba produciendo con esa segregación espacial era el establecimiento de distancias morales que, en palabras de Ulf Hannerz, convertían a la ciudad en “un mosaico de pequeños mundos que se tocan pero no se compenetran”.22

Ese centro, que había sido conquistado por la burguesía, con el tiempo sufrió nuevas transformaciones y perdió su carácter residencial, en favor de su carácter simbólico y comercial, que derivó en una teatralidad exacerbada. En la actualidad, las ciudades han adquirido la lógica de las cadenas de montaje y establecido mecanismos que inducen a transitar por itinerarios programados. El recorrido de los grupos de turistas en las ciudades, cada vez más tematizadas, resulta elocuente. El turista, en contraposición con el viajero, ansioso de lo que Moles y Rohmer denominan una aculturación sin riesgos, es despojado de su individualidad y se convierte en un producto que es inducido por vías y establecimientos, y que recorre una cadena precisa y programada para el espectáculo y el consumo. ¿Hasta qué punto una ciudad puede acoger estos tránsitos sin llegar al colapso? ¿Cuál es el límite? En ese sentido, las ciudades empiezan a calcular su capacidad máxima para establecer su capacidad de explotación. ¿Cuántos cruceros puede soportar una ciudad como Venecia (fig. 2)?23 ¿Asistiremos a la copia de ciudades?

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Figura 2. Llegada del crucero Princes a Venecia. Autor: Joe Shlabotnik. Fuente: Flickr

La eclosión de los no lugares, la expansión de la ciudad genérica y de las franquicias urbanas, está creando paisajes homogéneos. Francesc Muñoz analiza la reducción del paisaje urbano a una imagen.24 El branding y la ciudad marca se encargan de anular cualquier especificidad territorial bajo el manto de la publicidad. Las características urbanas están lejos ya de un estilo propio, derivado de su contexto, de sus materiales, sus tipologías, su climatología, etc., porque han adquirido la imagen de una marca comercial o un tema, reproducible y ubicuo, que exteriorizan la mercantilización de la ciudad, y han pasado a ser “el más banal de los lugares”25 y provocado la expansión de un imaginario mediatizado transnacional.

De ese modo, las ciudades han sido contagiadas por la lógica del consumo. La producción de la demanda y el esfuerzo por descubrir consumidores supusieron una innovación derivada del fin del capitalismo clásico (fordista). Baudrillard abordó los mecanismos de regulación, reproducción y mantenimiento de la sociedad de consumo.26 En este contexto, el autor puso en valor los modos de simulación, de apariencia y de sustitución de lo real o, más bien, los elementos anticipatorios de la realidad. Asistimos, por tanto, a la desaparición del territorio, de la ciudad en sí misma, sustituida ya de un modo definitivo por una representación, a veces una imagen, que busca un anclaje al imaginario colectivo. Pero esta caracterización publicitaria, no es tanto una señal de identidad urbana, como una definición del perfil del posible turista o habitante ocasional (fig. 3).

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Figura 3. Burger City. Fuente: Ignacio Grávalos

Toda esta maquinaria necesita un estricto control para garantizar su funcionamiento, para evitar las situaciones azarosas. Manuel Castells distingue dos tipos de control que establecen dos jerarquías diversas: el espacio de flujos, que admite desconexiones, y el espacio de los lugares, que regula su control mediante la negación de derechos.27 Las cada vez más numerosas ordenanzas cívicas establecen los marcos en los que se puede desarrollar el movimiento ciudadano. Cámaras de vigilancia, o espacios de tránsito privatizados, limitan la aparición de los posibles conflictos en el espacio público. La gestión de un presente inseguro y un futuro incierto es, a menudo, instrumentalizada por los gobiernos, que pasan, en palabras de Lagrange, a la “sustitución del Estado social por el Estado penal”.28

En esa misma dirección, los centros comerciales, ahora catalizadores de la vida social, han creado simulaciones de espacios públicos en los que el control resulta más severo y también más refinado. Se escenifica la gestión del miedo con la aparición de dispositivos de control biopolítico que presuntamente facilitarían la seguridad personal: accesos infranquealbles, edificios blindados extremadamente vigilados, urbanizaciones hiperprotegidas, gated communities, etc., que forman un universo hipnotizado, una ciudad contemporánea configurada bajo las fórmulas del control y diseñados para “interceptar, repeler o filtrar posibles intrusos”.29 Y es este el mismo escenario de un urbanismo distópico obsesionado con la seguridad el que ya identificó Mike Davis como una endémica ecología del miedo,30 o Michael Foucault, en sus ciudades carcelarias, cuanto detectó el atrincheramiento, voluntario e involuntario, de los ciudadanos en islas urbanas visibles y no tan visibles.31 Detrás de todos estos mecanismos de autoprotección subyace una microfísica del poder, una defensa del lujo, del estatus, de la posición social que generalmente tiene sus mayores consecuencias en el control del espacio público y en la proliferación de espacios seudopúblicos. Y, en este sentido, nos estamos refiriendo tanto al espacio urbano como al social, bien por su eliminación, bien por su deshumanización.

La ciudad de los monstruos

Bajo estas premisas de la McDonalización, han surgido o se han reconvertido numerosas ciudades. Quizá el ejemplo más ilustrativo lo constituya Celebration, la urbanización promovida por Disney, en Florida, para acoger a una sociedad sin conflictos (fig. 4). Fue sorprendente su éxito inicial; todo estaba calculado para el éxito. Viviendas armónicas con colores pastel, espacios verdes paradisíacos y reglas de convivencia intachables parecían haber encontrado la fórmula para un mundo feliz. Este sueño se derrumbó catorce años después de su fundación, momento en que se produjo un asesinato y un suicidio. Bastó un solo incidente para poner en crisis un sistema que no estaba preparado para situaciones de infelicidad, que desmoronaron las aspiraciones a una realidad sin conflictos.

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Figura 4. Celebration, Florida. Autor: Traveljuction. Fuente: Flickr

El fracaso de las utopías presentaba con anterioridad otros ejemplos notorios, muchos de ellos relacionados con la decadencia de las megaestructuras. La demolición, en 1972, de Pruitt-Igoe (St. Louis, Missouri), complejo residencial construido por Minoru Yamasaki, en 1954-1955, bajo las premisas de la ortodoxia moderna, fue subrayada por Charles Jencks como el punto clave para la defunción del racionalismo. Se escenificaba así el fracaso de la planificación racionalista que, en este caso, había derivado en un estilo de vida degradado y conflictivo, y que se declaró zona de desastre social. En un mismo contexto, Thamesmead, una de las primeras new towns planteadas para aliviar la presión residencial de Londres y publicitada en 1971 como “la ciudad del siglo XXI”,32 derivaría en un espacio de conflicto y marginalidad, en este caso, anticipado por Stanley Kubrick en La naranja mecánica. Resulta imposible no establecer una conexión con el relato de “La cittá e il celo”, de Italo Calvino,33 en el que una ciudad fundada por los sabios, armónica y en conjunción con los astros, derivaba finalmente en la ciudad de los monstruos.

Los modos de producción y de generar riqueza propuestos por la organización científica del trabajo tuvieron la capacidad, como se ha visto, de provocar transformaciones sustanciales en el ser humano, y por extensión en la ciudad. Sin embargo, las formas de producción, determinadas por la innovación tecnológica, han cambiado. La linealidad jerárquica ha dado paso a la formación de redes que han generado una deslocalización y una compresión del tiempo y del espacio. Las nuevas tecnologías peer to peer están generando un tercer modo de producción, autoridad y propiedad, que cuestiona su sentido y su destino. La sociedad tendrá que dar respuesta a esta innovación, tanto social como urbana. Y está por ver en qué manera determinarán la ciudad del futuro. Las nuevas redes sociales han mostrado su capacidad para activar espacios públicos que, como en el caso de “la Primavera Árabe”, de 2011, o del 15-M madrileño, de ese mismo año, han recuperado el sentido social del espacio. Cabe destacar que la ocupación y la acampada de los “indignados” en la Plaza del Sol de Madrid, en esa ocasión, obtuvo el premio especial Public Space 2012, que incidió así en el carácter democrático de los espacios públicos. En ese sentido, la tecnología vuelve a protagonizar un reajuste del espacio urbano, si bien autores como Saskia Sassen proponen su matización en un urbanismo de código abierto que equilibre el “momento de los ingenieros” con la condición humana, tendente siempre a dar voz a los ciudadanos.

La ciudad contemporánea se enmarca dentro de un fenómeno inabarcable. Una sociedad constantemente cambiante precisa una ciudad flexible, capaz de dar respuestas a tiempo real, que tenga la inmediatez como valor. Ciudades pensadas para no cambiar se ven obligadas a reinventarse. La ciudad condicionada (eficaz, cuantificable, previsible y controlada) establece distancias abismales entre el ciudadano y el mundo, un mundo que le viene ya dictado. Sin embargo, las ciudades tienen que tener espacios para soñar. Y eso solo es posible en una ciudad inacabada que, a pesar de su determinación burocrática, ofrezca al ciudadano espacios para la sorpresa.


Notas al pie

1 Harvey, The Urban Experience, s. p.

2 Taylor, The Principles of Scientific Management.

3 El primer registro de un automóvil fabricado por el sistema de montaje en serie data de 1901, por Ramson Olds (Odsmobile). Sin embargo, Henry Ford la perfecciona mediante la producción del modelo Ford T y crea un sistema de venta que pone en valor el proceso.

4 Roszac, El nacimiento de una contracultura, 21.

5 Granés, El puño invisible, 110.

6 Fernández Durán, La explosión del desorden.

7 Lipotevsky, La felicidad paradójica.

8 Maffesoli, El tiempo de las tribus.

9 Lipotevsky, La era del vacío, s. p.

10 Lyotard, La condición posmoderna.

11 Koolhaas, La ciudad genérica.

12 Ritzer, La McDonalización de la sociedad. 13 Weber, La ética protestante.

14 Ibid.

15 Bauman, Vida de consumo, 24

16 Ritzer, La McDonalización de la sociedad, 145.

17 Moles y Rohmer, Psicología del espacio, 294.

18 Lyotard, La condición posmoderna.

19 Baudrillard, La sociedad de consumo, 202.

20 La “muerte de la calle” fue proclamada por Le Corbusier en un artículo publicado en 1929 en el periódico sindicalista francés L’intransegeant. Se inicia asíuna dialéctica sobre el espacio estipulado para la máquina y el ser humano, cuya consecuencia fue la pérdida de identidad del espacio público.

21 Mumford, La ciudad en la historia.

22 Hannerz, Exploración de la ciudad, 37.

23 La ciudad, de cerca de 60.000 habitantes, recibe cada año 21,6 millones

de habitantes, de los que 15 millones solo se quedan un día y 885.000 son pasajeros de cruceros que permanecen unas horas. Cfr. Scaramuzzi, Di Monte, Pendenzini y Santoro, Turismo sostenibile a Venezia.

24 Muñoz, Urbanalización. Paisajes comunes, lugares globales. 25 Ibid., 74.

26 Baudrillard, La sociedad de consumo.

27 Castells, La era de la información.

28 Lagrange, Demandes de sécurité, 29.

29 Bauman, Tiempos líquidos, 112.

30 Davis, Control urbano.

31 Foucault, Vigilar y castigar.

32 Rivera, “Paraísos melancólicos”, 84.

33 Calvino, “La cittá e il celo 4”.


Bibliografía

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